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31-10-2020

El papa me ha dicho…

El mundo se emociona continuamente por cada testimonio de lo que ha dicho el papa Francisco por teléfono o en un encuentro privado. Los medios de comunicación son capaces de comentar durante semanas la noticia de una de sus llamadas telefónicas. Las víctimas de la persecución y discriminación eclesial, como los gais, las lesbianas, los y las transexuales o los divorciados entran en euforia y adulación del papa, todos felices por su sorprendente generosidad. Todo ello sin un mínimo de análisis crítico. Parece que no necesitan nada más después de una llamada o un abrazo a un gay.  Todo su pontificado comunica de esta manera.

 

Sabemos que las palabras privadas e informales del papa no cambian nada en las doctrinas y leyes opresoras de la iglesia, que continúan actuando contra los derechos humanos. Pero hacen sentirse mejor a las víctimas, que justifican la situación de opresión. Crean un momento de bienestar porque las víctimas tienen la impresión de recuperar su propia identidad y dignidad. Comienzan a sentirse sujetos de diálogo, de encuentro, de relación con alguien que representa la iglesia, de la cual están acostumbrados a recibir solo sufrimiento y rechazo.  Es una sensación importante para los oprimidos del sistema eclesial, dentro del cual son tratados como seres inferiores, defectuosos, pecadores, no adecuados. Así, la llamada del papa a una de estas personas que, por la ley de la iglesia son como leprosos, crea en todas las víctimas la esperanza y la sensación de no ser más seres inferiores, deformes o leprosos. Desgraciadamente, una llamada o un abrazo del papa no cambia el estatus de discriminad@s y oprimid@s. Es como si a una persona injustamente encarcelada, quien la ha puesto en prisión le llevara una chocolatina para que se sintiera mejor durante su privación de libertad. Es incomprensible la satisfacción de las víctimas por estos gestos insignificantes que no las liberan de la discriminación impuesta. Las propias víctimas crean una sensación de seguridad, se acomodan y se adaptan nuevamente a la estructura de dominación opresiva, la aceptan y “alojan” en ellas mismas al opresor, a su líder, que ahora es bueno porque ha abrazado al oprimido. Es un peligroso proceso estudiado desde hace tiempo, que pretende neutralizar cualquier iniciativa por parte de los oprimidos contra el sistema opresor. Ellos, inferiores y discriminados, en realidad forman parte de dicho sistema y – curiosamente – están contentos de que el opresor haya mirado su cara con compasión.

 

Por diversas razones el poder opresor muchas veces suaviza su posición ante los oprimidos, y lo hace con una falsa generosidad que nunca lleva a la práctica: promesas vacías, palabras de confort y de compasión o de comprensión, privadas o informales, no oficiales ni institucionales. Los opresores, que utilizan la falsa generosidad, necesitan que la situación de injusticia permanezca a fin de que su “generosidad” siga teniendo la posibilidad de realizar en un futuro hipotético un cambio en la situación de opresión, que no llega nunca. El sistema no cambia, pero el engaño se instaura en los oprimidos y oprimidas que, creyendo esta falsa generosidad, conceden inconscientemente su permiso para que la opresión continúe, al menos por un tiempo.

 

Es muy difícil ayudar a las víctimas de este engaño haciéndoles ver la situación de un modo crítico, de liberarse del engaño comunicativo y recuperar su dignidad y libertad para oponerse a la discriminación. Cuando uno está emocionado los argumentos racionales no funcionan, conquistando así el opresor a sus inconscientes víctimas. Sus palabras y gestos para con los oprimidos son falsos cuando no cambian la realidad de la opresión. Su falsa generosidad, que de ningún modo quiere superar la injusticia, es acríticamente aceptada por la mayoría de la opinión pública. Quien quiera abrir los ojos a los oprimidos y las oprimidas es tratado como un extraño, como un don Quijote que lucha contra molinos de viento, y quiere demoler el bienestar y la paz conquistada por las víctimas.

 

Puede ser que prestando una mínima atención para escuchar al opresor, las propias víctimas podrían descubrir el engaño de la falsa generosidad de sus palabras y abrazos. Propongo el ejercicio de escuchar al papa en una entrevista del 2019 con la mexicana Valentina Alazraki. La periodista le pregunta sobre “su trato con las personas que viven en situaciones que antes se llamaban ‘irregulares’, vamos a decir así”.  La periodista pone dos ejemplos sobre personas “irregulares”. La primera es un trans español con su pareja, que el papa recibió en el Vaticano. La segunda es una mujer argentina divorciada. La periodista no se da cuenta de que ofende la dignidad de estas personas que son totalmente “regulares”. Puede ser que los únicos “irregulares” sean los que tratan a las víctimas del sistema eclesial de opresión con su superioridad de “regulares”.

 

En su momento, los dos casos ocuparon portadas de los noticiarios, dando esperanzas a los divorciados y a las personas transexuales. La periodista recuerda: “usted recibió en Santa Marta un trans español con su pareja, y claro, esas personas salen de Santa Marta diciendo que usted los abrazó, los bendijo, les dijo que Dios los quiere” y también “usted agarró el teléfono le llamó a una mujer argentina divorciada y luego ella sale diciendo: ‘El Papa me dijo que puedo comulgar’. Conociendo al papa, es muy probable que esas personas hayan referido con precisión lo qué escucharon de él en su propia lengua. Estos dos casos hasta hoy son citados como prueba de apertura de Francisco, para expresar su comprensión pastoral, para mostrar cómo proceden sus reformas de la iglesia y cómo nadie puede sentirse inferior y discriminado dentro de la iglesia.

 

La periodista luego le pregunta: “y claro, los fieles llegan en un caso y en otro con los pobres sacerdotes y dicen: ‘es que a mí el Papa me dijo que estoy bien y a mí me dijeron que puedo comulgar’. Y los sacerdotes se ponen las manos en la cabeza y dicen: ‘y ahora qué hago’, porque la doctrina no ha cambiado, digamos. Entonces, ¿cómo maneja usted estas situaciones?”. Notemos cómo la periodista describe a los sacerdotes como “pobres” y fieles a la recta doctrina ante estos casos “irregulares”, que tanto molestan a nuestra “regular” normalidad patriarcal, sexista y homo- y transfóbica.

 

En este momento llega la revelación de la falsa generosidad del opresor, y lo desvela él mismo. El papa responde a la periodista ante el público mundial y sin presencia de los interesados de los cuáles se habla: la mujer argentina y la persona transexual, sin que puedan confrontarse con lo que él ahora dice sobre ellos. Francisco declara: “A veces la gente por el entusiasmo de ser recibida dice más cosas de las que el Papa dijo, eso tengámoslo en cuenta”, desacreditando así el testimonio de ambos, privándolo de credibilidad. Es como decir: a veces la gente es un poco tonta y al emocionarse se inventa cosas que cree haber escuchado de la boca del papa. Es una ofensa para estas personas. Ellas dieron una noticia global de lo que escucharon del papa, creando semanas de discusiones en los medios de comunicación mundial (la noticia de la mujer argentina es de abril 2014 y la del trans español es de enero 2015). ¿Por qué este líder mundial no cogió el teléfono para decirle a la señora argentina que no divulgue una cosa que él no ha dicho, en lugar de desacreditarla años después a nivel público y sin posibilidad de réplica?

 

La periodista colabora con el papa en su acto de devolver a las oprimidas y los oprimidos a su lugar de inferiores. Le dice al papa que él corre un riesgo con esta gente emocionada que cambia el sentido de sus preciosas palabras. El papa no tiene dudas: ¡“Claro, un riesgo”! Dice que él generosamente asume este riesgo porque todos son hijos de Dios. Pero al mismo tiempo reconoce: “Sí, tengo que cuidarme del que me juega sucio, del que me hace una trampa, cuidarme”. ¿Quién juega sucio?  ¿Quién hace una trampa? ¿La pobre mujer argentina o el pobre trans español? ¿Quién de los dos?

 

El papa continúa su justificación y se acuerda de mencionar que también Judas es hijo de Dios. No sabemos si mencionando a Judas se refiere a la divorciada o a la persona transexual de las cuales estamos hablando, pero es seguro que nombrar a Judas en este contexto es del todo inapropiado. No acaba aquí la discreta denigración de las dos víctimas del sistema eclesial. El papa dice que son “casos límites” y que evidentemente él no recuerda lo que ha dicho a esa señora, pero no ha dicho lo que ella afirmaba. “Le debo haber dicho seguro: ‘mire, en “Amoris laetitia” está lo que usted tiene que hacer, hable con un sacerdote, y con esto busque...’. El problema es que la llamada a la señora fue en 2014, cuando faltaban dos años para que se publicara “Amoris laetitia” (2016). Hablar de este documento en 2014 era ciencia ficción, pequeño detalle que se le escapa a la bien informada periodista.

 

¿Qué nos enseñan estos dos casos?

 

Primero, con la falsa generosidad del opresor no cambia el estatus de las personas oprimidas. Están discriminadas y deben continuar siendo inferiores, “irregulares”, “casos límites” fuera de la obligada “normalidad”. El opresor necesita de un oprimido que no llegue a la consciencia plena y crítica de su situación de opresión, que no empiece a desobedecer y a rebelarse. Francisco lo ha conseguido: ha convertido a las personas oprimidas en parte del sistema de opresión. Las noticias de su presunta benevolencia y generosidad que ellas han difundido en todo el mundo han obtenido su efecto: han creado el mito del líder bueno, del cual no se exige ningún cambio real en la iglesia que él dirige.

 

Segundo, el mismo esquema siguen todas sus generosas palabras dichas a las víctimas privadamente. Posteriormente todo puede ser cancelado, negado, desacreditado o atenuado, porque ya ha obtenido su efecto publicitario, ha creado una imagen de buen líder de su inocente iglesia. El papa dice y desdice. Sus palabras no tienen ningún efecto real en el ámbito de la discriminación de las mujeres, de las personas LGBTIQ y de la sexualidad de todos. La discriminación continúa, pero las noticias de su falsa generosidad crean una realidad paralela de una iglesia igualitaria que no existe, pero que cubre eficazmente su continua discriminación. Las víctimas que sufren discriminación y buscan cómo superarla, o al menos soportarla, acaban colaborando con el sistema opresor. Son víctimas doblemente: a causa de la posición denigradora de la iglesia y también del engaño orquestado por su líder.

 

Tercero, si el papa ha sido capaz de desacreditar a dos personas que hablaron con él, podemos presumir que también lo hará con el gay chileno al que le dijo que Dios lo ha creado así como es: un homosexual (noticia de mayo 2018). No tengo la mínima duda de que, si llega la ocasión o surge la necesidad, el papa desacreditará este testimonio porque lo que le dijo es contrario a la ideología de la iglesia, la cual anula a las personas LGBTIQ obligando a todos a creer que Dios no las ha creado tal como son, sino que ellas mismas han decidido ser como son. Podemos presumir que todo lo que oiremos en un futuro en similares ocasiones está destinado a ser posteriormente negado de forma rotunda y en ausencia de sus interlocutores. Por ello, no vale la pena dedicar tiempo a discutir nuevos argumentos o testimonios de este tipo. Dando valor a este tipo de declaraciones se colabora con el sistema de opresión, se le justifica y nos acostumbramos a su falsa generosidad.

 

Cuarto, debemos preguntarnos: ¿Por qué el papa, siendo un buen pastor, no ha vuelto en su momento a llamar a estas personas, que parece que notoriamente exageran o mienten sobre lo que él ha dicho, para clarificar así inmediatamente el equívoco y detener la campaña de falsa generosidad? Si ha podido dedicar su tiempo a estas personas debería – en nombre de la caridad cristiana y del amor a la verdad – dedicar tiempo a llamarlas de nuevo y corregir la falsedad que se estaba generando a nivel mundial. El líder no lo hizo, sino después de mucho tiempo ha desacreditado las víctimas ausentes. ¿Por qué? Hay una posible respuesta que provoca mucha tristeza. Puede ser que el líder quiere crear una confusión mediática temporal, la cual no cambia la opresión mantenida, sino que convierte las víctimas en aduladores enamorados del opresor. Puede ser que el líder no haya proyectado desde el principio esta estrategia tan pérfida, pero lo que es seguro es que no la quiere detener, de modo que las víctimas de la discriminación católica hoy están como hipnotizadas por la falsa bondad del líder. Para discutir sobre la realidad y empezar a combatir la opresión eclesial es necesario que despierten.

 

 

30.10.2020

 

Link de la entrevista analizada: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2019-05/papa-francisco-entrevista-televisa-mexico-migrantes-feminicidio.html